El medallista de plata en los 100 metros en los Europeos de 1982 y en el relevo 4×100 en los Mundiales: «Vittori me quería como Pietro, pero yo me lesionaba. Hoy, con mi empresa, destruyo los tumores»
Era el verano de 1982, el verano de Italia. Dos días antes, Saronni se había proclamado campeón del mundo de ciclismo en Goodwood. Menos de dos meses antes, en el Bernabéu, la selección de Bearzot había triunfado en el Mundial de fútbol. El martes 7 de septiembre, en el Campeonato de Europa de Atletismo de Atenas, un italiano de 19 años ganó la plata en los 100 metros lisos: era Pierfrancesco Pavoni, y cuando cruzó la meta inclinado hacia delante, recordó a todos a Pietro Mennea dos años antes en Moscú. «No lo hice a propósito. Pero sin duda fue un reflejo condicionado».
¿Se puede pensar durante los 100 metros?
«Si piensa, se ralentiza. Es como un toro que debe moverse con la ligereza de una mariposa; debe sentir lo que está haciendo, es algo que le sale de dentro».
Y eso que había llegado a la final con el último tiempo.
«En la serie había hecho 10”40 sin esforzarme, iba como un misil. Así que en la semifinal me lo tomé con calma, sin pensar que alguien de 70 kilos con el viento en contra se detiene. Los demás pesaban el doble que yo. El idiota de siempre».
¿Qué recuerda de la final?
«Todo, como si fuera ahora mismo. Me había visualizado la carrera, quería hacer una salida rápida pero que no me costara demasiada energía. Me coloco en los tacos, perfecto, en una burbuja de silencio absoluto, Woronin a mi izquierda y Sharp a mi derecha. Luego hice cosas sin sentido, salí deliberadamente lento, en progresión; los demás se escaparon, pero los alcancé a todos, uno por uno».
Un metro más y habría ganado.
«Mi padre también lo decía siempre. Solo en la salida perdí cuatro centésimas».
¿Y luego qué pasó?
«Vittori empezó a querer que pasara de categoría, quería que fuera más potente, aplicó conmigo el modelo Mennea, pero yo tenía unas fibras musculares diferentes; para mí fue un desastre. Si me pide 10, yo, tal y como soy, hago 12, pero quizá lo correcto fuera 6. Un desastre, me estaba matando a mí mismo».

¿Por qué el atletismo?
«Nací cerca de Villa Borghese, pero mi padre trabajaba en el EUR, así que nos mudamos a la Ardeatina, cerca de las murallas. Iba al colegio en la avenida Manzoni. Jugaba al fútbol; había un par de carriles sobre la grava, bajo las glicinas, hicimos una carrera, yo debía de tener 7 años, y ya ganaba. Años más tarde me trasladé al instituto en un internado en Paderno del Grappa, con un amigo. Me pidieron que corriera los 100 metros en los Juegos de la Juventud. Era una tarde gris, en medio de la nada. Llevaba zapatillas de deporte, me parecía que esos 100 metros no acababan nunca. Hice 12 segundos exactos».
¿Y de ahí a Atenas?
«Ganaba a los que eran mayores que yo. En competiciones provinciales, regionales. Nunca entrenaba, solo corría las carreras, pero estaba muy motivado. Fui a los Campeonatos de Italia en Bolonia, en la salida les sacaba dos metros a todos, pero no tenía resistencia y los demás me alcanzaron; gané por una centésima, pero gané. Al año siguiente hice 10”3, y a los 18 años 10”1 y gané el bronce en los Europeos juveniles».
En Atenas se convirtió en una sorpresa, como Paolo Rossi y Tardelli.
«Los conocí en una entrega de premios. También estaba Moser. Me acribillaba a preguntas sobre Mennea: por qué había vuelto, qué podría haber hecho. Le dije que estaba mejorando y que volvería con fuerza».
Al año siguiente, en 1983, estuvieron juntos en el Mundial.
«En la semifinal cometí las tonterías de siempre, pero aquella vez fui el primero de los descartados. Lo eché todo a perder».
Sin embargo, obtuvieron la plata en el 4×100, por detrás de Estados Unidos: Tilli, Simionato, usted y Mennea. Un récord italiano (38”37) que se mantuvo durante 27 años.
«Me torcí al pasar el testigo a Pietro».

Se retiró pronto, a los 28 años. ¿Culpa de las lesiones?
«El verdadero motivo es otro. Había dado mucho al mundo del deporte y poco al del trabajo. Me había quedado atrás respecto a mis amigos que habían estudiado; tras años corriendo con las piernas, pensé que ya era hora de correr con la cabeza».
¿Qué hizo?
«Monté una empresa con la tecnología que me había permitido seguir corriendo a pesar de las lesiones. Máquinas de radiofrecuencia que actúan con un calor muy intenso. Llamé a mi empresa Alba, porque es una nueva terapia basada en la hipertermia. He dedicado mi segunda vida a esto. En oncología empleamos tecnología de guerra, la de los radares, lanzando la señal de RF dentro del cuerpo humano para aumentar la temperatura del tumor, por encima de los 41 grados. Esto lleva la lucha contra el tumor a otra dimensión y, junto con la radioterapia y la quimioterapia, lo destruye».
Le gustan las cosas difíciles.
«Como velocista, estaba convencido de que podía vencer a los negros. Nos sentíamos inmortales, invencibles. No haberlo conseguido forjó mi carácter: siempre tenía hambre de victoria, me enfrenté a cargas mentales considerables. Mis hijos, Brando y Alessandro, trabajan conmigo. Ellos y Pilar son mi vida».
Pilar Ottoz, de nuevo el atletismo.
«Yo soy mayor, hemos sido amigos durante años, jugábamos, nos reíamos mucho. Luego, un día, nos convertimos en algo más».
Mennea tenía una especie de tormento que le llevaba a hacer lo que hizo.
«Todos tenemos ese demonio. Hay quienes lo exteriorizan y quienes no. Pietro era dedicado, repetía hasta el infinito las mismas cosas. Yo necesito reírme».
¿Por qué volvió Mennea tras haberlo dejado?
«Porque es bonito. No hay nada en el mundo como los 100 metros, es una droga sensorial increíble. Tienes un fuego dentro del pecho, te juegas la vida en 10 segundos».