En la Panchina d’oro quedó tercero, por detrás de Conte y Gasp; arrolló al Atalanta sin llegar a ganarle; y vio cómo su estrella fallaba un penalti. Pero desde allá arriba alguien observa…

El Departamento Técnico de la Federación Italiana de Fútbol otorgó ayer a Cesc Fábregas, entrenador del Como de los milagros, el tercer puesto del podio de la Panchina d’oro, por detrás de Antonio Conte, que ganó el campeonato con el Nápoles, y de Gian Piero Gasperini, que volvió a llevar al Atalanta a la Liga de Campeones. Una gran satisfacción para un técnico que aún está en los albores de su carrera, pero que quizá ha llegado en el momento menos oportuno, el mismo día en que lo más instintivo para él habría sido maldecir su profesión. Pocas horas antes había acribillado al Atalanta, lo había atravesado como a San Sebastián con una veintena de disparos, había visto cómo su mejor jugador (Nico Paz) fallaba un penalti en el último suspiro y, en lugar de los cinco goles con creces que preveían las estadísticas, no había marcado ni uno. Y contra el Milan le había ido aún peor.

Si allá arriba, sobre Coverciano, el dios del fútbol se hubiera dado cuenta, Cesc probablemente le habría preguntado: «¿Por qué, Señor? Si yo juego bien, tal y como a ti te gusta. No me encierro, no salgo al contraataque». Y el dios del fútbol, rasgando las nubes florentinas, probablemente le habría respondido: «Piensa en lo aburrido que sería el fútbol si siempre ganara solo quien se lo merece… Yo le he regalado al fútbol lo más preciado: la libertad. La libertad de un golpe de suerte, de un rebote desafortunado, de un penalti fallado; la libertad de ganar jugando mal. Pero tú vas por el buen camino, Cesc, el mejor, el que lleva lejos, hacia la luz; persevera sin dudar y consuela a ese chico que juega como un ángel. Un penalti fallado pesa menos que una pluma. En verdad te digo: dentro de un año seguirás aquí, con un «Panchina d’oro» en los brazos».

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