Todo comenzó inmediatamente después del partido entre el Inter y el Fluminense, la derrota en octavos de final del Mundial de Clubes que supuso la eliminación del equipo de Chivu del torneo estadounidense. «Quien no quiera quedarse aquí, que se vaya, mi mensaje es claro». Más claro, imposible. Así tronó Lautaro ante las cámaras y la búsqueda del «culpable» no tardó mucho, el tiempo justo para que el presidente Beppe Marotta llegara a los micrófonos para confirmar los primeros rumores que hacían pensar que El Toro se refería a Hakan Calhanoglu: «Lautaro se refería a él. Si alguien quiere irse, la puerta está abierta», dijo el número uno nerazzurro. Pero volviendo a la mecha que encendió todo, a ese duro desahogo de Lautaro: ¿hizo bien el capitán en señalar así a su compañero, queriendo responsabilizarlo a él y también al resto del equipo, o violó ese lugar sagrado que es el vestuario, provocando un auténtico caso y sacando a la luz un tema que el Inter y sus principales protagonistas deberían haber gestionado internamente?

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